17 octubre 2012

Neil Armstrong: ¿quieres ser astronauta?






Hoy (26 de agosto de 1012)ha fallecido el primer ser humano en pisar otro mundo. ¿Qué se puede decir ante semejante frase? Por supuesto, hasta los héroes son mortales. Pero con Neil se nos ha ido algo más. Con él ha desaparecido uno de los elementos que nos hacia sentir la ilusión de que vivimos en el futuro, un futuro donde los seres humanos son capaces de viajar a la Luna. No, ya no vivimos en el futuro. Eso fue hace cuarenta años. Cuesta creerlo, pero hace cuatro décadas que la humanidad no tiene la capacidad de viajar más allá de la órbita baja.

A las personas nos gusta idealizarlo todo. Quizás por eso nos resulta fácil decir que Neil Armstrong era un héroe. Y sin embargo, lo era. Vivimos en una sociedad que valora la seguridad de forma obsesiva. Desde nuestra perspectiva actual, resulta casi imposible imaginar el riesgo al que se enfrentaron los astronautas del programa Apolo. Cuando el Apolo 11 despegó el 16 de julio de 1969, conocíamos peor la Luna que Marte en la actualidad. Y a pesar de todo, allá fueron. Neil odiaba que le llamasen 'héroe'. Siempre se consideró un eslabón más de una enorme cadena de personas que se habían atrevido a hacer realidad lo imposible. Sabía que era un gran piloto y un magnífico profesional, pero también era consciente de que había logrado viajar a la Luna por las carambolas del destino. Había estado en el momento adecuado en el lugar adecuado. Un poco más viejo, o más joven, o un poco más alto, y hubiera sido otro el primer hombre en poner un pie sobre nuestro satélite. Por eso, Neil nunca se sintió cómodo con la fama. Un hombre sencillo y humilde, huyó de los periodistas durante la mayor parte de su vida. Y quizás precisamente por eso, pocos astronautas encajan tan bien en el arquetipo de héroe como Neil.

Era uno de los favoritos de Deke Slayton, veterano astronauta del Mercury encargado de seleccionar las tripulaciones del Apolo, pero en modo alguno era el favorito. No estaba escrito en las estrellas que Neil tuviera que ser el comandante del Apolo 11. Tampoco estaba escrito que su misión tuviese que ser un éxito. Pero el azar quiso que terminase siéndolo.

Parece que fue ayer cuando el Eagle se posó en el Mar de la Tranquilidad con Neil y Buzz en su interior. Por primera vez, dos seres humanos visitaban la superficie de otro mundo. De las miles de fotografías de Neil, mis favoritas son las tomadas por Buzz dentro del módulo lunar poco después del histórico paseo espacial. Más allá de su significación histórica, son las únicas en las que se ve a Neil sonriendo de verdad, satisfecho después de haber cumplido con su misión. El frío Armstrong, el piloto calculador de los nervios de acero, no puede reprimir su emoción.
 
Desde que era pequeño siempre he creído de forma más o menos consciente que la vuelta a la Luna era inminente y que Neil estaría ahí para verlo. Hoy, ese sueño se ha desvanecido. Si algún día regresamos a la Luna, Neil no lo verá. Como tampoco es probable que lo vean los ocho astronautas que pisaron la Luna y que aún quedan con vida.


Neil representa lo mejor de lo que somos capaces como especie. En un siglo de innumerables guerras y crueldad infinita, el Apolo demostró que podemos hacer realidad cualquier cosa si nos lo proponemos. Caminar por la Luna, ni más ni menos. Más de cuarenta años después, la hazaña de Neil parece aún más increíble si cabe. Dentro de varios siglos nadie se acordará de nosotros ni de nuestras preocupaciones mundanas que nos parecen tan importantes. Pero todos sabrán quién fue Neil Alden Armstrong.

Gracias, Neil, por alcanzarnos las estrellas.

Ad astra.

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