10 enero 2010

Oliver Twist no existió: la infancia en la época victoriana


Oliver Twist no existió, pero la miseria y la explotación infantil de muchos niños europeos fue real. En la "maravillosa" época victoriana el 15% de los críos moría al nacer. Descalzos y desnutridos, trabajaban de sol a sol por un salario infame. Su drama se hizo extensivo a la Europa del XIX. Lo retrata Polanski en una nueva versión del clásico de Dickens.

Aunque jamás existió, Oliver Twist se ha convertido en el reflejo más fiel de la situación de la infancia en el siglo XIX. Huérfano, criado en un hospicio, víctima de la explotación laboral infantil y, finalmente, en manos de las redes de la delincuencia callejera, la historia narrada por Dickens, con fuertes dosis de crítica hacia sus contemporáneos, ha quedado para la Historia como uno de los relatos más descorazonadores sobre los niños, no exento de realismo.

En su infancia, el propio autor conoció de cerca las condiciones del empleo infantil, la miseria económica y la falta de educación. Una serie de asuntos que trató de manera casi biográfica en otro de sus títulos más famosos: David Copperfield. Sin embargo, este universo de escasa consideración hacia los más pequeños (extendido también a toda la clase obrera) era común en la Inglaterra que vio nacer la novela. Esta desigualdad se repetía en el resto de Europa, España incluida.

A finales de la década de 1830, en el comienzo del periodo de la reina Victoria, que daría nombre a toda una época caracterizada por innumerables obras literarias y artísticas, y con la Revolución Industrial puesta en marcha a toda máquina, el texto de Dickens irrumpe en 1838 y cae como un jarro de agua fría en las mentes biempensantes de los británicos. En sus páginas ataca la hipocresía moral y las buenas palabras de las instituciones sociales y los órganos de Justicia, cuyas medidas son un mero remiendo —cuando no un disfraz— de las duras condiciones de vida a las que están sometidas las clases más bajas, donde el hambre, la mortalidad y el trabajo causan estragos, especialmente en los niños.

Con un índice de óbitos disparado, que afectaba sobre todo a edades tempranas, contener el porcentaje de muertes en la infancia se convirtió pronto en una de las preocupaciones de la época victoriana, reflejada en otras muchas novelas aparte de la de Dickens. Comenzaron a establecerse medidas sanitarias y de higiene para acabar con una lacra que en el periodo de 1841 a 1850 terminaba con 153 de cada 1.000 nacimientos registrados en Inglaterra y Gales. En los barrios más pobres de Londres, el crecimiento de la población era negativo, y los nacidos ni siquiera servían para contrarrestar el número de bajas. La tuberculosis para los adultos, y el sarampión o la viruela en los niños, cuando no el hambre, eran las causas generales de fallecimiento en una sociedad cuya esperanza de vida en las clases populares se establecía entonces en los 40 años.

"He leído en las estadísticas que uno de cada cinco niños muere en el primer año de vida, y uno de cada tres antes de llegar a los 5", recoge Dickens un dato sacado de la realidad y puesto en boca de uno de los personajes de otro de sus relatos: The Uncommercial Traveller (el comercial que no vende nada). La misma frase pronunciada por un ciudadano belga, francés, español e incluso sueco se ajustaría de igual forma a lo que también ocurría en estos países.

Clases sociales. La estructura de la sociedad contribuía además a acrecentar estos márgenes. En el Londres que a Dickens le tocó vivir, la división por clases marcaba las condiciones de vida y determinaba la pobreza a la que estaban sometidas las capas inferiores. La antigua aristocracia dominaba el poder político, el comercio y la industria, seguida por una burguesía con cada vez mayor conciencia de clase media. Por debajo, y ajenos a cualquier posibilidad de decisión política, estaban los trabajadores, convertidos en un grupo cada vez más hostil a los primeros y cuya fuerza fue creciendo de la mano de la Revolución Industrial hasta desembocar en grandes movimientos políticos como el socialismo.

Pero incluso dentro de los obreros existían divisiones. No eran iguales aquellos trabajadores cualificados y los que ni siquiera lo estaban —donde se encontraban las mujeres y los niños—, a los que se referían sus contemporáneos como sunken people (gente hundida), los cuales vivían en la extrema pobreza y a los que se les asignaban las tareas más penosas, difíciles y peligrosas.

Para ellos la jornada laboral se extendía de forma habitual entre las 5 de la mañana y las 9 de la noche, alargándose incluso los sábados. Los domingos se dedicaban a limpiar la maquinaria, en el caso de las fábricas. No siempre estaba permitido descansar ni abandonar el puesto de trabajo a la hora del desayuno o la cena, y el empresario era el encargado de suministrarles la comida en un menú compuesto fundamentalmente de gachas, tortas mojadas en leche, y en contadas ocasiones untadas en mantequilla o melaza. Se les daba pan y queso una vez al año. No había reloj para controlar las horas trabajadas cada día, los niños iban descalzos, sin camisa ni uniforme alguno, y comían sobre sus manos sucias ya que no había platos ni cubiertos. El salario de los más pequeños, además, era bastante inferior al de los adultos, cobrando un penique a la hora, incluso medio.

Por sus orígenes humildes y sus intereses literarios, el autor de Oliver Twist siempre estuvo próximo y conoció muy de cerca a este último grupo. Nacido en 1812, a los 9 años tuvo que dejar la escuela cuando su familia se traslada a Londres, y al cumplir 12 se ve obligado a trabajar cuando su padre, un humilde funcionario, es encarcelado por no pagar sus deudas. Pasó varios meses como trabajador infantil de una fábrica de betunes hasta que su progenitor recuperó la libertad tras ser declarado insolvente. Esta terrible experiencia, unida a la explotación a la que fue sometido, marcarían su trayectoria y su personalidad en numerosas ocasiones, como se trasluce en una producción literaria cuajada de denuncia.

Sueños de grandeza. Quizás por ello, Dickens, de formación autodidacta, siempre albergó el deseo de convertirse en un gentleman (caballero), pretensión que no abandonó a lo largo de su exitosa carrera posterior como periodista y escritor. Éste fue también un objetivo perseguido por otros novelistas de la época de origen modesto (caso de Kipling) como la máxima aspiración social que podía lograr un escritor británico. La literatura española coetánea a la de Oliver Twist no cuenta con un personaje análogo. Tampoco en otros relatos europeos se encuentran situaciones paradigmáticas que centren su mirada sobre la infancia desfavorecida. Pero con todas y cada una de las dificultades que un niño debía acarrear para sobrevivir —sin dejar la miseria—, la novela refleja una situación presente en el continente durante el siglo XIX.

Dickens abre su historia con el penoso nacimiento de su protagonista, que ya refleja una de las constantes de su tiempo: el abandono de niños. La madre de Oliver no sobrevive al parto, que se produce en un hospicio, ese edificio que ya se ha hecho "común a la mayoría de las ciudades, grandes o pequeñas", realidad plasamada en el libro y corroborada por las estadísticas con las que contamos.

"Se abandonaban miles de niños por no poder hacer frente a su sustento o para ocultar el deshonor de ser ilegítimos porque eran hijos de madres solteras", explica la historiadora Lola Valverde, quien ha estudiado ampliamente este fenómeno en el ámbito español. "Es un acontecimiento propio de sociedades con dificultades, que en el pasado se daba con toda normalidad, y en el siglo XVIII aumenta tan espectacularmente que se crean las inclusas para acogerlos", añade.

Según el exhaustivo estudio sobre La Infancia en la Historia Contemporánea de España (1834-1936), dirigido por el historiador José María Borrás Llop, la cifra de niños acogidos en estos establecimientos creció espectacularmente en Europa durante la primera mitad del siglo XIX hasta disminuir de forma progresiva y casi desaparecer a principios del XX. No hay ningún país europeo que se libre de ello y la legislación tuvo que adecuarse a una realidad en la que la extrema necesidad propiciaba la picaresca: así, algunas familias abandonaban a sus hijos en orfanatos para después acogerlos y cobrar el salario que las instituciones daban para garantizar su crianza. Para evitar esta práctica fraudulenta en Francia, se decretó que los expósitos (niños abandonados) fuesen cuidados en un departamento diferente al que fueron entregados.

Más remotas eran las posibilidades de supervivencia de los recién nacidos depositados allí. En periodos normales, en los que no se propagaran las epidemias, de cada 1.000 niños ingresados fallecían entre un 70 y un 80%, sin apenas superar el primer mes de vida. Para aquéllos que conseguían esquivar a la muerte, el destino les deparaba una identidad elegida al azar —pero cargada de intencionalidad— por los responsables de los hospicios.

Un ejemplo: en nuestro país, los huérfanos recogidos en el Hospital General de Pamplona (Navarra) tenían como apellido común Goñi, en honor a su fundador, lo que les daba cierto carácter marginal, "porque el apelativo no cumplía la función de otorgarles una identidad individual y personalizada, y al mismo tiempo les marcaba para denotar claramente su origen y evitar que fueran confundidos", asegura Lola Valverde.

La precaria subsistencia de las capas populares de la sociedad europea obligaba a que, desde su más tierna infancia, los hijos colaboraran en las tareas del hogar y del campo. También en industrias más peligrosas para su salud, como la minería o la industria textil, que acaparó buena parte de la mano de obra infantil con la llegada de la Revolución Industrial, siendo también una de las que mayor siniestralidad y accidentes registraba porque a menudo los pequeños trabajaban agachados por debajo de las máquinas en marcha.

Por eso el Estado inglés tuvo que tomar medidas en 1833 creando la primera de una serie de regulaciones para el empleo infantil (Factory Act) que prohibía la inserción de menores de 9 años, restringía los horarios y obligaba a las empresas a proporcionarles asistencia escolar (todavía en manos de la iniciativa privada).

En la novela, cuando cumple 9 años, Oliver es sacado de la casa de crianza donde recibe un trato endiablado para devolverle al hospicio. Allí se le pone a la venta. El primer oficio que se le ofrece es el de deshollinador, uno de los que generaba mayor mortalidad dado que los pequeños muchas veces quedaban atrapados en las estrechas chimeneas y se ahogaban, como recuerda el autor. Su primera ocupación laboral acabará siendo, sin embargo, la de ayudante de un sepulturero.

"No debemos escandalizarnos porque los niños, abandonados o no, trabajaran", comenta al hilo de esta cuestión Borrás Llop. "Lo hicieron durante siglos y era un hecho integrado en el seno familiar y común en Europa, donde los salarios individuales no daban para sobrevivir. En nuestro país esta situación se prolongó, sobre todo en el campo, porque los salarios de subsistencia se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX".

Otro asunto es que esta dedicación les impidiera acudir al colegio, y aunque en la segunda mitad del XIX se decreta la escolarización obligatoria y gratuita tanto en Gran Bretaña como en España, "durante décadas el absentismo escolar fue enorme debido a la ocupación laboral generalizada de los alumnos", añade el estudioso. En 1828, dos de cada 14 británicos había acudido a la escuela al menos durante un tiempo.

Mendicidad y delincuencia. Sin formación educativa alguna, con un peso y una altura inferiores a los que corresponden a su edad (cosa harto frecuente en los niños de entonces, sobre todo en los trabajadores o malnutridos), Twist decide huir de su amo. Escapa a Londres, pero hasta llegar allí se ve obligado a caer en la mendicidad y la limosna. "En algunas aldeas había grandes cartelones, advirtiendo a todos los que mendigasen dentro del lugar que serían encarcelados", describe Dickens.

En las capitales, los mendigos eran recogidos en asilos. Según el reglamento madrileño de 1854, allí se encerraba a todos los que anduviesen pidiendo limosna por las calles, plazas, paseos o cafés, sean niños, hombres o mujeres. Para los menores era el primer paso que les conduciría de la escuela a las instituciones asistenciales, pasando por las sociedades protectoras y acabando en la reclusión en instancias penales especializadas creadas a principios del siglo XX.

Precisamente, Oliver es llevado ante un tribunal para responder ante un robo que no ha cometido. Se le imponen tres meses de trabajos forzados, de los que queda libre cuando se comprueba su inocencia. En España, los menores de 7 años no podían ser considerados como delincuentes ni culpables, según nuestro primer Código Penal redactado en 1822. Las leyes prohibían que a un niño se le castigara con pena de muerte, trabajos perpetuos, deportación, presidio, infamia o destierro. Pero al filo del nuevo siglo, la criminalidad juvenil todavía estaba instalada en el 11%. En Inglaterra, el 44% de los ladrones y el 23% de los autores de lesiones y atentados no tenían 21 años. En Italia eran juzgados anualmente 55.000 jóvenes por delitos, y en Bélgica, más de 1.000 menores de 16 años fueron condenados en 1861.

Lo triste es que hoy, más de 150 años después de su Oliver Twist, si Dickens levantara la cabeza y según a qué parte del mundo mirara, podría volver a escribirlo. El Mundo

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2 Deja un comentario:

Anónimo dijo...

Primero , me encantó esa pelicula! Es demaciado realista , nos entrega la verdad de como eran antes las cosas respecto a los niños y niñas.

Segundo , todos los datos que anexas son muy importantes para entender los problemas que se vivian en esa epoca.

Tercero, Gracias , me sirvio de mucho leer.

Evelin.

Lara dijo...

Sí a mí me gustó mucho la película y en general las películas basdas en los cuentos de Dickens. Gracias por dejar tu comentario, Evelin!