22 diciembre 2009

Lo que comían en el Renacimiento


"Los comensales sentáronse a la mesa entre el redoble de los tambores y los sones de los pífanos. Abrieron la comida los entremeses: una pequeña fuente con un pastel dorado de piñones y un pequeño plato de mayólica con un dulce de leche para cada uno. Siguieron ocho fuentes de plata con pechugas de capón guarnecidas con gelatina y adornadas con blasones y divisas; la fuente destinada al huéspedmás distinguido con su surtidor en el centro, del que brotaba un fino chorro de agua de azahar. La primera parte de la comida constó de doce platos de distintas clases de carne, caza y ternera, jamón, faisán, perdiz, capón y pollo presentados en diversas formas. Al final de esta primera parte colocaron delante del duque una gran fuente de plata de la que al levantar la tapa, salieron volando numerosos pájaros. Sobre dos enormes fuentes preséntanse en la mesa dos pavos reales, haciendo la rueda con la cola y sosteniendo en el pico substancias perfumadas en combustión.

La segunda parte de la comida la componían doce platos dulces de distintas clases: tortas, mazapanes y pasteles adornados, empapados con hipocas (vino aderezado con azúcar, canela y otras especies) Al finalizar el banquete se presentó ante cada invitado una fuente de plata con el agua perfumada para lavarse las manos."

Ésta fue la opípara comida que en febrero de 1.476 ofrecieron los comerciantes florentinos al duque de Calabria, hijo de Fernando I de Nápoles. Pero lo cierto es que había una gran diferencia entre la casa señorial y el campo circundante y entre el campo en su totalidad y las ciudades. Los empleados de una casa noble podían comer carne todos los días; el ama de una casa burguesa próspera podía incluso utilizar azúcar de Sicilia como edulcorante; los huertos monásticos bien cuidados producían espárragos, alcachofas y melones. Pero para los demás ciudadanos, la comida era rutinaria y a menudo escasa. Se componía sobre todo de trigo, cebada, centeno, avena y mijo. La comida más común estaba compuesta por trozos de pan que flotaban sobre una clara sopa de verduras. Raramente se comía carne fresca. A causa de la especial dedicación a los cereales y debido a la dificultad de mantener vivo el ganado durante el invierno, el número de cabezas era pequeño. Solamente en las ciudades más grandes era posible encontrar carniceros y aún así no siempre tenían provisiones y sus precios eran elevados. La leche, la mantequilla y los quesos curados eran también muy caros. Los huevos y algún ave ocasional proporcionaban variedad a la mesa en el campo. A causa de los elevados costes del proceso de salazón solía ser más conveniente enviar un cerdo al señor de la ciudad o de la localidad, como pago, que comérselo. Los grandes propietarios protegían celosamente la caza. Cerca de la costa se podía conseguir pescado fresco, en los ríos y lagos se practicaba la pesca, pero los derechos pesqueros quedaban restringidos a los grandes señores ribereños y gran parte de la pesca iba a parar al mercado, a los monasterios o a las casas nobiliarias. Pensad que alimentos como el maíz, el cacao, la patata, la batata, los frijoles y alubias, el cacahuete, el tomate, los pimientos, la mandioca, la chirimoya, el aguacate y el mango, solo fueron introducidos en Europa tras la Conquista de América, y que se tardó bastante en adoptarlos para la dieta. Es realmente, a partir del descubrimiento de América y de la introducción de estos nuevos alimentos que la dieta europea empieza a cambiar y abandona la Edad Media para acercarse a una dieta mucho más completa y cercana a nuestra dieta actual.

Si queréis ampliar información podéis visitar la página sobre las incursiones increíbles de Leonardo Da Vinci en el arte culinario de su época, o la página de la Dra Pilar Martín, La comida en el Renacimiento.

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