17 octubre 2009

¿Qué es la historia?



Lo que váis a leer a continuación es algo así como un ensayo, algo difícil de entender, pero que puede que os haga reflexionar sobre algunas cosas. ¿Cómo ocurrieron las cosas en el pasado? ¿Cómo puedo estar segura o seguro de que lo que leo en mis libros de estudios de la hsitoria me cuentan la "verdad"?


La historia, decía Voltaire, “es el relato de los hechos que se consideran ciertos, mientras que la fábula es el relato de los hechos que se consideran falsos”. Para Voltaire, la historia era ante todo un género literario (como la fábula misma, la novela, el ensayo, el cuento..). Pero hoy en día se la considera ante todo una disciplina erudita, o científica. Pero hoy, al igual que ayer, procura distinguir los hechos de las fabulaciones, y afirma que comprueba los primeros y deja a los artistas la tarea de elaborar las segundas.


La realidad es que no hay tanta distancia entre la fábula y la historia porque (¡seguid leyendo antes de saltarme al cuello!) no siempre la historia encuentra fuentes fiables, no contradictorias, sobre los hechos del pasado. No tenemos documentos de todo lo que ocurrió en el pasado, y a veces, ni siquiera del presente, ya que en muchos casos, los documentos se pierden, se deforman y corrigen, o se destruyen. Muchas veces son transcripciones de tradiciones orales, fabuladas o hechas para agradar y entretener al lector. Muchos de esos documentos por su parte, son sesgados. Es decir, apoyan alguna filosfía o ideología política, o las creencias y prejuicios del propio autor (o del editor). Ése es el motivo por el que sobre cada hecho histórico, personajes del pasado, o culturas antiguas, podamos hallar textos que no nos dicen las mismas cosas o que incluso nos dicen lo contrario a lo que dicen otros autores. Hay algunos historiadores que se hacen llamar "revisionistas" porque investigando investigando, consiguen darle  la vuelta a los argumentos de otros historiadores, del pasado o  contemporáneos, incluso sin avenirse a presentar pruebas. Muchos de estos autores revisionistas, inventan y tergiversan las cosas de tal manera que parecen muy convincentes, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos, nos cuentan un cuento.

Pero ésta no es la enfermedad privativa de los revisionistas. Por lo general cuando se es historiador es difícil ser objetivo y no dejar escapar aquí y allá algunas opiniones propias. Todo bien mientras se lo admita y se lo exponga en la misma obra. Pocos son los que consiguen evaluar los documentos escritos (o descubrimientos arqueológicos que también sirven al historiador) y encontrar las pistas que los conduzcan a la "verdad". Se supone, que, de acuerdo con Voltaire, los historiadores tendrían la obligación de enseñarnos las cosas tal y como ocurrieron, y no cualquier cosa que se les pase por la mente, lo cual no es tarea fácil.

El oficio del historiador es fascinante (así lo veo yo). Hay que ser muy buen observador, muy buen intérprete (incluso de muchas lenguas), y tener una paciencia infinita. Un libro de historia no se escribe en un día. Se necesitan muchas horas de rebuscar en las bibliotecas más prestigiosas, archivos, hemerotecas, etc. y seguramente al final, tener que usar gafas. Se tiene que tener el espíritu de Sherlock Holmes y conocer a fondo las técnicas de la disciplina, aunque no sea necesario fumar en pipa.

La palabra Historia se deriva de la voz griega «iorooiu» que significa relato o narración. Generalmente se considera a Herodoto (484 - 425 a. C.) el padre de la Historia.

Las fuentes de la Historia para obtener su información, pueden ser de dos tipos: directas, las que se obtienen oralmente (crónicas, relatos, tradiciones, mitos, etc.) e indirectas, las que se obtienen por medio de escritos (novelas, cartas, documentos, cuentos, cuadros, material fotográfico, etc.). Éstas últimas, se dividen a su vez en: iconográficas (pinturas, esculturas, cerámicas, monumentos, etc.) y restos materiales (herramientas, construcciones, armas, vestimentas, monedas, etc.)..

El campo de estudio de la Historia, serán todos aquellos acontecimientos que por su trascendencia en determinado tiempo y espacio, han alterado o modificado el modo de vida de alguna sociedad en cualquiera de sus aspectos: social, económico, político, religioso, etc. Lo anterior es de gran utilidad para comprender mejor nuestro contexto social actual. Concretamente el pasado humano.

Durante la modernidad (http://www.decrecimiento.info/2007/04/qu-es-la-modernidad.html), el desarrollo del conocimiento se mantuvo enmarcado dentro de los parámetros de una realidad que respondía a las leyes de causa y efecto. En la época contemporánea los desarrollos en los campos de la ciencia, la globalización de la economía y las transformaciones sociales profundas, entre otros factores, han provocado una ruptura con la forma tradicional en que se interpreta la realidad, y esto incluye las fuentes en las que se basa el historiador. Hace más de dos mil años ya Protágoras había señalado que “El hombre es la medida de todas las cosas: de las que existen, como existentes; de las que no existen, como no existentes”. En una sociedad de tradición idealista, una propuesta de este tipo contradecía la visión de un mundo controlado y manipulado por postulados de autoridad divina. Este enfoque propone al ser humano como el único responsable de sus productos y es un paso en el proceso mediante el cual éste toma control de sus acciones y de su vida. Posteriormente, en el siglo 18, la filosofía de Kant aportó al desarrollo del constructivismo (http://es.wikipedia.org/wiki/Constructivismo) cuando afirmó que la realidad no se encuentra "fuera" de quién la observa, sino que en cierto modo ha sido "construida" por su aparato cognoscitivo.

Recientemente  importantes pensadores se opusieron a la noción de que las características de un observador (o lector) no entran en la descripción de sus observaciones. Estos autores señalaron que “la objetividad es la ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin un observador”. Es decir, la objetividad, el no dejar que las emociones propias se cuelen en nuestro trabajo, no sería posible. Se trata de una teoría según la cual el conocimiento considerado como un reflejo de lo que se encuentra fuera del ser humano, ya no es sostenible; por ende, la realidad es un resultado de los procesos perceptivos y de la creatividad humana.
Volviendo a Voltaire, entendemos ahora por qué historia y fábula no están tan distantes una de otra.

En el campo de la psicología, de acuerdo con la teoría de la Gestalt (http://www.ub.es/dppss/psicamb/2222.htm), lo que cada persona observa depende de la información que ha sido previamente almacenada en su cerebro. Esto implica que la captación, procesamiento y la elaboración del conocimiento es un proceso activo que se fundamenta en información adquirida previamente. Implica además, que cada ser humano construye una imagen mental única, combinando información previamente obtenida y grabada en el cerebro, con la información que se genera a través de los órganos sensoriales.

El cerebro no es un mero recipiente donde se depositan las informaciones, sino una entidad que construye la experiencia y el conocimiento, los ordena y da forma. Para cualquiera de nosostross existe una realidad de primer orden y otra de segundo. En el primer orden están los objetos con sus propiedades puramente físicas, y en el segundo, el sentido, el significado y el valor que les atribuimos. En este último, no existen ya criterios objetivos. Los gestaltistas agregaron que es el lenguaje lo que le imparte la objetividad a lo observado. Al hablar, se va creando la realidad junto con las personas con quienes se interactúa. De esta manera, sobre la base de las experiencias, se crea y se modifica la identidad, que se transforma permanentemente en virtud del contexto, de las circunstancias de las interacciones y de las características y expectativas de otros seres humanos. Los seres humanos –y no se exceptúa a los hsitoriadores– construyen las realidades individuales, sociales, científicas e ideológicas, (Watzlawick y Krieg (1998).
 Si estamos de acuerdo con lo que sigue a continuación:

- El desarrollo de unos conocimientos consiste en construir significados y construir sistemas para generar significados. Cada significado que se construye mejora la habilidad para dar significados a otras experiencias que pueden adaptarse en un patrón similar.

- La acción mental es esencial en la construcción de significados; el desarrollo de conocimientos involucra el lenguaje.

- El desarrollo cognoscitivo es una actividad social. Se aprende a través de la interacción con otras personas y la adquisición de conocimientos es contextual. No se aprenden teorías y datos aislados de lo que es pertinente a las vidas de los seres humanos. Las experiencias previas sirven de referencia para la construcción de conocimientos

- Se necesita conocimiento para aprender. No es posible asimilar conocimientos nuevos sin tener una estructura previa que permita construir nuevos conocimientos. Cuanto mas conocemos mas capacidad de aprendizaje se tiene.

Entonces, ¿puede la historia aspirar a convertirse en una ciencia? La pregunta adquiere una importancia fundamental, por cuanto esta disciplina posee características que la diferencian radicalmente de todas las otras ciencias naturales y aún de la mayor parte de las otras ciencias sociales: su interés por lo particular, por lo único, por lo irrepetible. Mientras que la principal aspiración del científico parece ser la determinación de regularidades que permitan formular leyes de aplicación universal, el objeto de estudio del historiador son los fenómenos individuales, no la generalizacion.

Una de las respuestas más lúcidas para este interrogante central sobre el método histórico fue presentada por el historiador italiano Carlo Ginzburg. Ginzburg llama la atención sobre la existencia de un milenario paradigma de lo individual, de lo único, de un antiquísimo método de construcción de conocimiento capaz de obtener notables resultados concretos, sin recurrir a la formulación de leyes, generalizaciones, predicciones o mediciones exactas: se trata del atávico "paradigma de los indicios" o "paradigma indiciario", al que los cazadores y rastreadores primitivos han recurrido desde la noche de los tiempos.

Al igual que los cazadores, el historiador no tiene contacto con su objeto de estudio. El rastreador debe, por lo tanto, utilizar los menores indicios dejados por la presa durante su huida -una rama rota, una huella en el lodo, la corteza de un árbol desgarrada- para reconstruir una realidad de la que no fue testigo. Los resultados concretos suelen ser sorprendentes: los más hábiles cazadores son capaces de rastrear el paso de su víctima aún en ámbitos en los cuales, la mayoría de los mortales, serían incapaces de percibir algo fuera de lo común.

Entre 1874 y 1876, un estudioso italiano dio a conocer un nuevo método para la identificación de las falsificaciones de cuadros célebres, que poblaban la mayoría de los grandes museos del mundo. El error de los críticos consistía en tratar de atribuir los cuadros a cada pintor, analizando las características más evidentes: la sonrisa de Leonardo, los ojos alzados al cielo de los personajes de Perugino, etc. Pero, por evidentes y conocidas, estas características eran precisamente las más fáciles de imitar. Giovanni Morelli creía, en cambio, que las falsificaciones debían detectarse observando los detalles menos trascendentes de cada cuadro, aquellos menos influidos por la escuela pictórica a la que el artista pertenecía, aquellos rasgos estereotipados que cada artista -original o falsificador- incorpora de manera automática, casi inconsciente, en su técnica de dibujo: los lóbulos de las orejas, las uñas, los dedos de manos y pies. Estos datos marginales son reveladores porque constituyen los momentos en los que el control del artista se relaja y cede su lugar a impulsos puramente individuales, "que se le escapan sin que él se de cuenta". De este modo, Morelli descubrió y catalogó la forma de oreja característica de Botticelli, de Leonardo, de Rafael, etc., rasgos que se encuentran en los originales, pero no en las copias. El crítico italiano pudo, pese a las críticas que recibía su método, proponer decenas de nuevas atribuciones en algunos de los principales museos de Europa, demostrando que muchas telas habían sido durante siglos falsamente identificadas con determinados artistas clásicos.

En las décadas de 1880 y 1890, el escritor inglés Arthur Conan Doyle (1859-1930) publicó la mayor parte de las novelas y cuentos cortos protagonizados por su creación literaria más célebre: el detective privado Sherlock Holmes. Como afirma Carlo Ginzburg con precisión, el método criminológico de Holmes se asemeja notablemente al método crítico de Morelli, el que -a su vez- resulta una versión sofisticada del milenario paradigma indiciario del cazador: se trataba de observar los menores indicios, aquellos que permanecían invisibles para la mayoría de las miradas inexpertas y, a partir de ellos, reconstruir con precisión una realidad a la que el investigador no había tenido acceso: el crimen en cuestión, su autor y su móvil. Cada vez que Sherlock Holmes llegaba a la escena de un crimen, actuaba poco menos que como un rastreador que persigue a su presa en medio del bosque, o como Morelli frente a un cuadro falsamente atribuido a un artista de renombre (en La carta robada, un cuento de 1844, Edgar Allan Poe había anticipado ya este método, que luego haría célebre al investigador creador por Conan Doyle).

Morelli y Freud (creador del psicoanálisis) -como antes Sherlock Holmes y el rastreador primitivo- tienen en común un mismo paradigma: la postulación de un método interpretativo basado en lo secundario, en los datos marginales considerados reveladores, que permiten reconstruir con un elevado grado de plausibilidad una realidad sobre la que el investigador no tiene acceso directo: el desesperado escape de una presa, el atelier de un falsificador, la ejecución de un crimen, lo profundo del inconsciente humano. Con sus limitaciones y posibles fracasos, estas actividades logran resultados de innegable valor: muchos rastreadores logran dar alcance a sus perseguidos, muchos cuadros falsos son detectados, muchos criminales son descubiertos, muchos secretos inconscientes salen a la luz definitivamente.

En ninguno de estos casos se ha recurrido al paradigma científico-matemático de las ciencias duras. En ninguno de estos casos se trata de predecir con eficacia absoluta, de formular leyes, de detectar generalidades y repeticiones, con medir con precisión. El paradigma basado en indicios no es un paradigma de lo universal sino un paradigma de lo particular. Una cientificidad de lo individual es entonces posible.

Lo escasos documentos escritos, los resto de materiales dispersos, las primitivas manifestaciones iconográficas, los destruidos testimonios arquitectónicos, son para el historiador lo que las ramas rotas para el rastreador, los dibujos de las orejas para el crítico de arte, la escena del crimen para el detective y los actos fallidos para el psicoanalista.

El historiador que, como el criminólogo, el psicoanalista, el crítico de arte y el rastreador primitivo, reúne indicios de una realidad sobre la que no tiene ni tendrá acceso directo -el pasado del hombre-, tiene entonces más en común con Sherlock Holmes y Sigmund Freud que con Galileo Galilei o Isaac Newton.

Prof. Fabián A. Cam, y otras fuentes

¿Qué es la historia?SocialTwist Tell-a-Friend

0 Deja un comentario: