12 junio 2009

Simbad el marino


Durante el reinado de un famoso Califa, vivía en Bagdad un pobre mandadero que se llamaba Himbad. Fatigado un día de gran calor con el peso de su carga, se paró en una calle estrecha, donde reinaba un fresco agradable y perfumado que convidaba a tomar algunos momentos de descanso.
Sentóse junto a un gran edificio, en el que se celebraba sin duda algún festín, a juzgar por los instrumentos músicos que se oían confundidos a ese ruido especial que produce siempre la alegría de los convidados.

Quiso el buen mandadero averiguar lo que hubiese, y dirigiéndose a uno de los criados que estaban en el pórtico, le preguntó el nombre del dueño de la casa.

-¿Es posible- exclamó el criado- que vos, vecino de Bagdad ignoréis que vive en este palacio el célebre Simbad el Marino, ese famoso viajero que ha recorrido todos los mares que alumbra el sol?

El mandadero había oído, en efecto, hablar de la opulencia del señor Simbad, y no pudo prscindir de comparar las riquezas y el bienestar de éste con la miseria a que él se veía reducido y los afanes que le costaba mantener a su numerosa familia.

Nuestro hombre, entregado a un acceso de desesperación, vio salir del palacio a un criado que le dijo:

-Seguidme; mi amo, el señor Simbad, quiere hablaros al momento- y condujo al asombrado Himbad a una gran sala donde estaban varias personas, alrededor de la mesa del banquete, compuesto de exquisitos manjares.

Veíase en el sitio de honor a un hombre grave, de aspecto respetable y de larga barba blanca. Era Simbad el Marino, que al notar la turbación natural del mandadero, se acercó al él, le sirvió de comer y de beber con el mayor agrado, tratándole de hermano según la costumbre de los árabes. Concluída la comida, dijo Simbad al mandadero que había escuchado las exclamaciones desde la ventana, y que iba a sacarle del error en que se encontraba al creer sin duda que había adquirido sus riquezas sin trabajos ni penalidades de ninguna especie.

-Sí señores- continuó Simbad dirigiéndose a los convidados después que el pobre mandadero murmuró algunas palabras de excusa- he sufrido mucho durante una larga serie de años, y los peligros de mis aventuras en los siete viajes que he hecho, exceden a cuanto pueda concebir la imaginación. Voy a relataros mi historia para que os sirva de recreo, y de enseñanza al hermano Himbad que hace poco se lamentaba de su triste suerte.

Primer viaje de Simbad el Marino

Heredero en mi juventud de una brillante fortuna, derroché la mayor parte en lujo y los placeres, sin acordarme de cuán transitorias son las cosas mundanas, ni de la necesidad en que todos estamos de gastar con orden para no vernos en la vejez reducidos a la escasez y la miseria. Pero llegó un día en que reflexioné con juicio, y resuelto a abandonar la senda de perdición que había emprendido, reuní el poco dinero que me quedaba y salí con algunos mercaderes en un buque fletado a nuestras expensas.

Fuimos a diversos países, tomando y dejando mercancías, y una mañana vimos una isla casi a flor de agua, semejante a una pradera por su fertilidad y aspecto. Cuatro pasajeros desembarcamos para comer y beber en tierra, libres del balanceo del barco, cuando la isla tembló de repente con ruda y violenta sacudida. Nos gritaron de a bordo que estábamos sobre el vientre de una ballena, y cada cual se salvó como pudo, unos a nado y otros en la chalupa, dejándome a mí sobre el mostruoso animal que poco a poco se hundió en el abismo de los mares. Me así a un pedazo de madera que habíamos llevado para hacer fuego, y vi con dolor que el buque se alejaba a toda vela, creyéndome muerto.

Dos días estuve a merced de las olas en la situación más angustiosa del mundo, hasta que las aguas mismas me arrojaron a una isla de pintoresca apariencia. Bebí el agua cristalina de un manantial que encontré junto a unos árboles frutales, y repuestas un poco mis aniquiladas fuerzas, avancé hasta una llanura donde pacía una yegua, atada a un poste de madera. Me acerqué a contemplar la belleza del cuadrúpedo y, mientras le examinaba, salió un hombre del centro de la tierra y me preguntó quién era. Le referí mi aventura, y entonces, tomándome de la mano, me llevó a una gruta donde había varios hombres que me dijeron ser palafreneros del rey Mihrage, soberano de la isla, y que iban a aquel prado todos los años a que pastaran las yeguas de su señor.

Al otro día fui con ellos a la capital, y el rey Mihrage me recibió a las mil maravillas y dio orden de que no me faltase nada de los necesario. Visité a los mercaderes, por si encontraba el medio de regresar a Bagdad, y frecuenté el trato de los sabios de la India y de los señores de la corte, a fin de instruirme en ciencias y en las costumbres del país.

Un día entró un buque en el puerto y comenzó a descargar mercancías sobre las que reconocí mi propia marca, y persuadido de que aquel barco era el mío, pregunté al capitán que a quién pertenecían los géneros. El capitán me respondió:

-Teníamos a bordo un mercader de Bagdad, llamado Simbad, que desembarcó con cuatro hombres en lo que al principio se creyó isla, pero que no era más que una ballena colosal dormida a flor de agua. Encendieron fuego los expedicionarios para asar un poco de carne, y la ballena, martirizada por el dolor, se hundió en las profundidades del mar. Todos pudieron salvarse a excepción de Simbad, cuyas mercancías taigo aquí a fin de venderlas y entregar luego el importe, con los beneficios, a la familia del desgraciado náufrago.
-Capitán-le dijé- yo soy Simbad, y por consiguiente, podéis entregarme los génreos que me pertenecen.
Y le referí el verdadero milagro de mi salvación; pero no quiso creerme, sospechando que si sería algún impostor que tomaba el nombre de Simbad para hacerme dueño de las mercancías, hasta que desembarcaron varios tripulantes que me reconocieron enseguida. El capitán, confuso, me pidió perdón y dio gracias al cielo por haberme preservado de la muerte.

Hice presentes al rey Mihrage de lo más selecto que poseía, a cuyo obsequio respondió con regalos de gran valor, y me embarqué el el buque, no sin una abundante provisión de sándalo, de alcanfor, pimientas y cuantos frutos producía la isla, por valor de cien mil cequíes (monedas de oro). Llegué al fin a Bassora, y con las ganacias de mi primer viaje compré tierras, esclavos y una casa magnífica para establecerme, resuelto a olvidar los pasados peligros.

Simbad se detuvo al llegar a este punto, sirvió de beber a sus convidados, y dando una bolsa con cien cequíes al mandadero, le dijo:

- Tomad y volved mañana a oír el resto de mis aventuras.
Lleno de gozo, el pobre Himbad dio aquella suma a su familia y al día siguiente fue puntualmente a la cita del ilustre viajero, quien terminada la comida le contó su segundo viaje.

(Podéis leer el resto de la historia en el Libro de las mil y una noches.)

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1 Deja un comentario:

Paula dijo...

HOLA , PASA POR MI BLOG A RECOGER ALGO PARA TI. CARIÑOS.
http://eduquemosconamor.blogspot.com/2009/06/estamos-llenos-de-dulzura.html