19 marzo 2009

La evolución del hombre: una larga historia

Antes de nada he de decir que actualmente está candente el debate entre el creacionismo o diseño inteligente defendidas por los más creyentes, desde una óptica fundamentalista, y la teoría de la evolución de Charles Darwin. A mi modo de ver, aquellos que creen que Dios creó al hombre y el Universo pueden considerar como válidas también las teorías evolucionistas. Una cosa no contradice a la otra. La única discrepancia es la interpretación literal de los textos bíblicos que databan a la Tierra en torno a los 6.000 años en la época victoriana (S XIX) y la edad real de la Tierra. O la idea de que el mundo fuera creado en 7 días y la realidad. O que Dios participara en el diseño de cada ser y ser... La inconmensurable cantidad de especies que pueblan la Tierra hace que no podamos creer en ello... que debe haber algún otro "mecanismo"...
Pero más allá de todo esto, que Dios exista o no, no es algo que tenga relación con la teoría de la evolución y por lo tanto no hablaremos de ello aquí.

Hoy en día, la figura de Charles Darwin se ha convertido en universal por los cambios que supuso su obra en la sociedad de la época, tanto con respecto a cambios en la mentalidad victoriana (S XIX) como nuevas propuestas científicas que han dado pie a numerosas investigaciones en los últimos 150 años. Mucha gente no sabe que el destino de Charles Darwin se decidió de forma repentina y por un verdadero golpe de suerte. Tal como explica Alan Moorehead (1980) en su libro sobre la expedición del Beagle (1831-1836), el destino de Charles Darwin se dio cita un 5 de septiembre de 1831 en Londres durante una entrevista con el capitán Robert Fitzroy, capitán del barco Beagle.

Charles Darwin había nacido un 12 de febrero de 1809 en Shrewbury (Inglaterra) en una familia de seis hermanos, y con tradición médica. Su madre murió cuando era todavía muy joven, y sus hermanas se hicieron cargo de su formación. Hasta los 16 años asistió a la escuela local, hasta que en 1825 inicia sus estudios de Medicina ... en la Universidad de Edimburgo. Parece que los estudios de Medicina no le entusiasmaban, y que no podía soportar la simple visión de la sangre. Por eso, su padre le propuso hacer una carrera eclesiástica que no le impedía continuar con su gran pasión, que eran las ciencias naturales.

Por esta razón, se incorpora en 1827 al Christ’s College de Cambridge en donde sufrió por la falta de interés en el griego clásico. Pero su verdadera pasión eran las ciencias naturales, que se ampliaron con el conocimiento de su profesor de botánica, John Stevens Henslow (1796-1861), que lo introdujo en el saber naturalista. Lo acompañaba en sus salidas naturalistas y por las tardes en las barcas del río Cam. Darwin era conocido como “El hombre que pasea con Henslow".

Consiguió el grado en abril de 1831, y después acompañó a su profesor de Geología, Adam Sedgwick, en un viaje por el norte de Gales. Cuando llegó a finales de verano a su casa en Shrewsbury, encontró que había llegado una carta de Henslow, junto con otra de George Peacock, matemático y astrónomo de Cambridge que nombraba a los naturalistas que iban en los barcos. Henslow lo había recomendado para una plaza como naturalista sin sueldo a bordo del Beagle.

Su padre se lo prohibió porque eso arruinaba su carrera como futuro clérigo. A pesar de esta primera respuesta, con la ayuda de su tío Jos consiguió convencer a su padre para asistir a la entrevista con el capitán Robert Fitzroy. Aunque ambos personajes tenían caracteres y simpatías políticas diferentes, enseguida se gustaron. El capitán se dio cuenta de que estaba ante un joven entusiasta y de una inteligencia excepcional, pero no sabía si resistiría el viaje. Incluso le aconsejó que no se precipitara al tomar su decisión.

Al día siguiente se volvían a reunir y Charles aceptaba la propuesta, e inmediatamente escribía una carta a su casa para que le hicieran el equipaje: “Dile a Nancy que me haga cuanto antes mejor doce camisas en lugar de ocho; di a Edward que envíe mi bolsa de viaje (puede meter la llave dentro, atada con una cuerda), mis zapatillas, un par de zapatos ligeros para excursiones, mis libros en español, mi nuevo microscopio (de 6 pulgadas de largo por 3 o 4 de ancho) que tendrá que llenar con algodón, mi brújula geológica, mi padre sabe dónde está; un libro pequeño, si lo tengo en mi dormitorio, Taxidermy.”

Y así, un 11 de septiembre fueron a ver el Beagle al puerto de Plymouth...

En la época victoriana, una de las oportunidades –reservadas a las clases más acomodadas– de pasar a la posteridad o de hacer fortuna rápida era participar en una aventura: tenemos el caso del aristócratas o hijos de familias adineradas que se alistaban en la academia militar o naval con el fin de participar en misiones (capturas de barcos enemigos, colonización de nuevos territorios en ultramar, etc.) que les podían reportar ascensos –posición social– y riquezas –posición económica. Pero también tenemos el ejemplo de personajes, como el alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), que dilapidó una fantástica herencia viajando como geógrafo y naturalista por muchas regiones del planeta con la única finalidad de satisfacer las ansias de observar e interpretar el mundo; una cosa que quedará reflejada sobre todo en su magna obra Cosmos (1845-1847).

En este sentido, Darwin estaba mucho más cerca del talante de Humboldt que de los aventureros con sentimiento de conquista y triunfo económico. Sin ir más lejos, después de leer en la Universidad de Cambridge las impresiones de Humboldt sobre una fructífera estancia científica en las Islas Canarias (recogidas en el libro Viaje en las regiones equinocciales del Nuevo Continente, 1799-1804), soñaba con emular el viaje al archipiélago de este eminente geógrafo y naturalista. Y es que, a pesar de poseer una formación troncal como teólogo, los profesores Adam Sedgwick y John S. Henslow canalizaron y dotaron de rigor científico aquella curiosidad que, ya desde muy pequeño, Darwin sentía por la naturaleza cuando sólo era un coleccionista compulsivo de escarabajos. Charles R. Darwin no era el prototipo de viajero aventurero cuando zarpó de Davenport (Reino Unido) el 27 de diciembre de 1831. De hecho, y en muchos sentidos, era un joven y delicado gentlemen británico acostumbrado a la buena vida y a una de sus grandes aficiones: la caza. Los marineros del Beagle, por ejemplo, a menudo encontraban al pálido Charles arqueado sobre la borda luchando contra los efectos de un perenne mareo que sorprendía y escandalizaba a los viejos lobos de mar.

Según la cronología del obispo de Ussher (1658), publicada como anexo a las biblias anglicanas ochocentistas, la Tierra y la vida se crearon en el año 4004 a. C. La aceptación de esta fecha suponía que, en tiempos de Darwin, la edad del planeta no llegaba a 6.000 años. Robert Fitzroy creía ciegamente en esta datación, y el teólogo naturalista del Beagle, a pesar de no ser tan ortodoxo como su capitán con respecto a la interpretación de los textos bíblicos que juntos comentaban en la cabina, seguramente no habría puesto nunca en duda la cronología mítica si no hubiera sido, precisamente, por una lectura providencial.

En efecto, al inicio del viaje, Fitzroy –años más tarde se arrepentiría de este beau geste– facilitó a Darwin el primer volumen de una obra que se acababa de publicar en el Reino Unido: Los principios de geología de Charles Lyell (1830).

El capitán del Beagle también era un gran amante de la historia natural y pensaba que el libro de Lyell –absolutamente revolucionario con respecto a los fundamentos de la geología moderna (estratificación, sedimentación, etc.)– podía ofrecer las claves para corroborar las grandes extinciones y creaciones que defendía un reconocido naturalista francés: George Cuvier. La teoría catastrofista de Cuvier planteaba que las formas vivas –creadas por la divinidad– habían sufrido momentos sucesivos de creación y extinción debidos a grandes fenómenos catastróficos ordenados en los últimos 6.000 años. Quizá Darwin, a lo largo de su periplo alrededor del planeta, podría encontrar las pruebas geológicas de algunos de estos momentos de extinción: los grandes diluvios. Pero el efecto deseado por Fitzroy fue totalmente el opuesto.

Después de leer y releer Los principios de geología (en una escala del Beagle obtendría el segundo volumen enviado por correo desde Inglaterra), Darwin quedó seducido por los planteamientos de Lyell: gracias a los estudios de geodinámica y estratigrafía se podía inferir que la edad de la Tierra era mucho más antigua que los 6.000 años defendidos por Ussher o Cuvier.

Darwin estaba en el momento y el lugar idóneos con el fin de verificarlo personalmente: aquel bergantín de Su Majestad recalaba día tras día en diferentes lugares donde se podía testimoniar que Lyell tenía razón. La historia y los cambios en el planeta se habían producido de forma gradual a lo largo de dilatados periodos de tiempo y por ninguna parte aparecían los vestigios de los diluvios bíblicos o las catástrofes de Cuvier. Nuestro viajero empezaba a perfilar un escenario ideal donde más tarde pudo ubicar a los actores que protagonizan una de las historias más bellas del mundo: la historia de la vida.

Darwin hizo muchas observaciones sobre geología, paleontología, botánica, zoología y etnología a lo largo de su viaje de circunnavegación a bordo del Beagle. Todo era nuevo para sus ojos...

... Darwin finaliza su viaje el día 2 de octubre de 1836, y aquí acabó, podríamos decirlo así, su vida viajera sobre el terreno. Afectado seguramente por el mal de Chagas (transmitido por la picadura de las chinches en Sudamérica), permaneció enfermo ya para siempre; una enfermedad crónica, sin embargo, que no le impidió alcanzar un récord aún no superado: escribir la mayor producción científica hasta hoy conocida.

... La leyenda dice que fue durante el viaje en el Beagle cuando a Darwin se le encendió la bombilla (el ¡eureka!) de lo que sería su gran teoría; concretamente, se habla de las famosas islas Galápagos, donde fondeó el 17 de septiembre de 1835. Ahora bien, aunque ciertos lugares, como las Galápagos, fueron proveedores de mucho espécimen y observaciones clave, la teoría darwiniana se gestó realmente en la seguridad del retorno y del hogar familiar. Entre otras cosas, porque Darwin todavía tenía que sufrir un proceso de reconversión ...

Charles R. Darwin sospechaba que, de la misma manera que los cambios geológicos eran graduales y lentos, las especies vivas también habían podido sufrir cambios graduales y lentos. Pero eso suponía una herejía: implicaba negar la inmutabilidad, el fijismo, de las especies creadas por Dios. Ésta no era una idea nueva. Entre otros, el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck había propuesto en su Filosofía zoológica (1809) una teoría sobre la evolución de las formas vivas: algunos animales, presionados por una necesidad, eran capaces de adaptar su anatomía a las demandas del medio y transmitir estos cambios a su descendencia. "La necesidad crea el órgano" sería la manera de resumir una atrevida teoría evolutiva según la cual, por ejemplo, la jirafa habría llegado a desarrollar un cuello largo a fuerza de estirarlo para comer las hojas más altas. El influyente George Cuvier se opuso a Lamarck y las aportaciones evolucionistas del segundo quedaron eclipsadas por el creacionismo y catastrofismo del primero. Darwin tenía que hacer frente a la visión fijista del mundo natural y la única manera de luchar contra lo que parecen gigantes, pero sólo son molinos de viento, era hacer valer algunos de los recursos que sin duda tiene el viaje cuando lo aplicamos a la ciencia: ampliar miras, abrir nuevos horizontes y aumentar el número de vestigios que necesita el investigador para afrontar una determinada perspectiva científica. Y Darwin lo aprovechó.

A las secuencias estratigráficas de muchas zonas estudiadas durante el viaje en el Beagle, Darwin pudo seguir los fósiles que, en cada estrato, se ordenaban en el tiempo. Eran los peldaños de aquellas escaleras geológicas que se sumergían en un pasado de miles y miles de años; unas escaleras que, lejos de probar la existencia de vacíos en el registro paleontológico que hablaran de catástrofes y extinciones globales, testimoniaban la continuidad y el cambio gradual en los seres vivos. Pero hacían falta pruebas no sólo del pasado sino también del presente. Y viajando de nuevo a las islas Galápagos, esta vez de forma virtual, comprendió el auténtico funcionamiento de la evolución mediante el estudio de especies actuales, como los pájaros pinzones.

Durante la estancia en las Galápagos, Darwin no otorgó demasiada importancia a los pinzones que había capturado en cada una de las islas visitadas y todos acabaron en un mismo saco con la etiqueta genérica de pinzones de las Galápagos. De vuelta en el Reino Unido, y advertido por el ornitólogo encargado de las colecciones del Beagle, supo que los pinzones de las Galápagos correspondían a más de una decena de especies. Este dato era providencial para demostrar las ideas sobre la evolución que bullían en la cabeza de Darwin: a partir de una hipotética población de pinzones ancestrales proveniente del continente (la costa occidental de Sudamérica), ¿podía ser que los pinzones hubieran evolucionado –como un árbol que extiende las ramas a partir de un tronco– en especies divergentes? Él pensó que sí.

Cada especie de pinzón poseía un tipo de pico característico (más corto o largo, más grácil o robusto, más delgado o ancho) perfectamente adaptado a las diversas necesidades de obtener alimento en islas y hábitats diferentes. Sin embargo, ¿no es lo mismo que ya había planteado Lamarck cuando hablaba de la jirafa y el alargamiento gradual del cuello ante la necesidad de comer las hojas de los árboles? No. El mecanismo evolutivo imaginado por Darwin era inédito; es lo que conocemos como teoría de la evolución mediante la selección natural. La necesidad no crea el órgano, no impulsa ningún cambio (lamarckismo), es la naturaleza la que selecciona una serie de modificaciones que sólo son producto del azar. Así, las mutaciones (genéticas) azarosas que favorecen la adaptación de un ser vivo en el seno de un determinado medio son seleccionadas y conservadas, y las mutaciones azarosas que no son aptas para la supervivencia son eliminadas. Por ejemplo, entre la descendencia de un pájaro que ha llegado a una nueva isla, un azaroso pico más corto y robusto es seleccionado y conservado en un hábitat donde sólo hay semillas muy duras, mientras que un azaroso pico largo y delgado, no apto para romper semillas duras, es eliminado: los individuos de pico potente podrán alimentarse y reproducirse, mientras que los de pico grácil no se reproducirán y desaparecerán. Hablamos de la supervivencia de los individuos más aptos y de la extinción de los menos aptos.

Finalmente, gracias al viaje de un gran naturalista, se podía afirmar que las formas vivas del planeta compartían un único origen a partir del cual habían ido evolucionando por selección natural; ...

Darwin no se decidió a publicar su obra más conocida, El origen de las especies, hasta el año 1859 (¡23 años más tarde de su gran viaje!). Buena parte del mérito lo debemos a otro naturalista, Alfred R. Wallace, a los amigos de Darwin, John S. Henslow, Charles Lyell, John D. Hooker y Thomas H. Huxley, y también a su mujer, Emma. Todos ellos consiguieron que Darwin venciera muchos miedos, ... y obsequiara a la humanidad con el manuscrito más importante y decisivo de la ciencia.
Pero el viaje virtual continuaba..., la especie humana todavía no había entrado en escena.

Aunque muchos seguidores y detractores continúan alimentando la idea de que Darwin acuñó la famosa expresión ¡venimos del mono! a partir del Origen de las especies, hay que decir que eso no es cierto. Justo en la penúltima página de aquel libro de más de 400, introdujo una única frase donde comentaba que quizás, algún día, su teoría ofrecería nueva luz sobre el origen de la humanidad. Un velado pero intencionado comentario que elevó las voces más críticas de los antievolucionistas temerosos de descubrir hasta dónde podía llegar la osadía darwinista. Y no se equivocaron. En el año 1871, Darwin, ya muy acostumbrado a las sátiras de la época, se atrevió a publicar El origen del hombre. En este manuscrito, el viejo naturalista –impedido físicamente– viajó racionalmente hasta tierras exóticas para afirmar que nuestra cuna se encontraba en África. ¿Cómo lo dedujo?

Primeramente, estudió la anatomía y el comportamiento de los animales que se parecían más a los humanos: chimpancés y gorilas. Resultaba evidente que los humanos compartíamos un mismo antepasado con los grandes simios: un ancestro común de aspecto absolutamente simiesco, a partir del cual habríamos evolucionado hasta llegar al homo sapiens. Entonces, si los chimpancés y los gorilas sólo los encontramos en África, la gran deducción de Darwin fue que, habiendo compartido un mismo ancestro, los orígenes de la humanidad sólo podían ser africanos.
Este pensamiento no sólo suponía un enorme y rompedor avance científico, sino que significaba una revolución social e ideológica en el contexto de una Europa colonial que se erigía como centro del mundo y como pueblo superior responsable del origen de la "raza" humana ...

Tomado de: cv.uoc.edu
Jordi Serrallonga
Orígens: univers, terra, vida, humanitat, 2007

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8 Deja un comentario:

Anónimo dijo...

hola, gracias por el texto sobre Darwin, me ha resultado muy entretenido.
Saludos de otra mami desde canarias.

lk dijo...

gracias, ati, mami de canarias por venir de visita!

festivalguitamixtli dijo...

no sirve NADA

festivalguitamixtli dijo...

NO SIRVE PARA NADA

Anónimo dijo...

NO SIRVE PARA NADA

Anónimo dijo...

NO SIRVE PARA NADA

mc dijo...

A mi me ha llamado la atención la imagen de los homínidos evolucionando, porque es la misma de mi libro de Humanística de 1º de BUP.

Lileka dijo...

jaja! mc, es que no hay muchas imágenes del tema que no sean parecidas!!

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