06 mayo 2008

Mitos y leyendas


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Ilustración: Eloole (Flickr)

Como hemos visto, desde muy antiguo, todas o casi todas las culturas tienen sus creencias, y también sus dioses, y sus mitos. Hemos visto que los antiguos egipcios creían en la vida después de la muerte, y que se preocupaban porque sus muertos tuvieran todas las comodidades a su alcance para que nada les faltase en el más allá.
Uno de los mitos que todos o casi todos los pueblos han tenido y aun tienen se refiere a la creación del mundo. Pero hay otros muchos.
Un mito no es exactamente un cuento. Cuando alguien nos cuenta un cuento estamos de entrada convencidos de que es pura fantasía. Con los mitos no pasa lo mismo.
Hay quienes mantienen que ciertos mitos no son meramente ni cuentos ni leyendas, sino que, a pesar de que lo parecen, se basan en algún acontecimiento real, en un hecho que tuvo lugar de verdad. Muchos mitos servían antiguamente y siguen hasta hoy sirviendo, para explicar lo que nos es desconocido. Otros mitos son sucesos que al pasar de boca en boca, con el tiempo "cristalizan" de una manera tan peculiar que hace que no se distinga qué hay o no de cierto en ellos, qué de lo que nos cuentan es y no es realmente verdad. La Historia, la que estudiamos en la escuela, a diferencia de las leyendas y los cuentos, se basa en hechos que puede probarse que han ocurrido, aunque muchas veces sucede que no hay suficientes documentos que nos aseguren que dichos hechos han tenido lugar de una forma y no de otra. Muchas veces hay documentos de historiadores o de testigos que se contradicen y el historiador que investiga tiene que hacer malabarismos para entresacar de todo el montón de versiones algo de verdad. Suele pasarnos muy a menudo que ante un suceso cualquiera, las personas entendemos y vemos cosas distintas, no siempre estamos de acuerdo. Y cada uno hace un relato distinto de acuerdo con sus creencias, su comprensión de la situación, su punto de vista. Es difícil entonces, establecer quién tiene razón, quién acierta con la impresión que recibe. Este problema es el problema de la objetividad de nuestros juicios. Los hombres tendemos a no poder ser cien por ciento objetivos. Cada uno de nosotros, a semejanza de una cámara de fotos tenemos nuestro propio y distintivo foco. Enfocamos la realidad de maneras a veces muy diferentes. Esto quiere decir que más bien tendemos a ser subjetivos: nuestros sentimientos, nuestra historia personal, nuestros sentidos influyen a la hora de interpretar la realidad. Por ese motivo los científicos insisten en que todo se debe probar y demostrar antes de decir: sí, esto es así (o fue así) y no asá. ¿No habéis nunca escuchado a alguien decir "tú ves las cosas de color de rosa"? O, ¿"ponte las gafas para ver mejor"?
La palabra subjetividad deriva de la palabra "sujeto". La palabra objetividad deriva de la palabra "objeto". Los seres humanos, nosotros, somos sujetos. Las cosas son objetos. Una botella no tiene sentimientos ni conciencia, ni pensamientos, y no necesita comprender lo que ocurre en torno a ella.
Este problema es nuestro y solo nuestro, y en una manera muy reducida y/o distinta, de todos los otros seres vivos.
Habréis escuchado también, seguramente la expresión de "depende" o de "es relativo"... Cuando la observación o comprensión de algo depende de nuestro punto de vista, de nuestra posición en el tiempo y en el espacio (nuestra edad, el momento del día, la época del año, la distancia a la que estamos...), se entiende que lo que podamos decir acerca de ello es subjetivo o relativo.
Quien primero enunció de manera correcta el problema de la relatividad fue el físico alemán Albert Einstein. De él seguro que también ya habéis oído hablar.
Y ahora pasa el cursor sobre la imagen de arriba, justo debajo del título de esta entrada. Verás cómo cada uno ve lo que ve, o lo que quiere o puede ver.
(Continuará.)

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