15 abril 2008

Siete vacas gordas, siete vacas flacas

Hay quienes creen que los sueños son premoniciones o revelaciones, que nos avisan de cosas que pueden suceder en el futuro o que están sucediendo en el mismo momento en el que las soñamos. Antiguamente éste era el único significado que se le daba a los sueños. Se creía que eran los dioses que nos hablaban mientras dormíamos para alertarnos acerca de algo que podía ocurrir, ya sea para que lo evitáramos, o para que hiciésemos algo al respecto. Y realmente hay veces que soñamos con algo por el estilo y nos despertamos sobresaltados. U ocurre algo y luego recordamos que en efecto lo habíamos soñado. Esto no es tan raro como pueda parecer. Si nuestro cerebro tiene la capacidad de pensar, puede hacerlo tanto si estamos despiertos como si estamos dormidos. Y muchas veces estando despiertos sucede exactamente lo mismo, que de pronto se nos viene a la cabeza una idea o tenemos un presentimiento acerca de algo que puede ocurrir o que está ocurriendo en ese mismo momento, y nos sentimos sorprendidos como si estuviéramos haciendo un descubrimiento.
Hay personas a las que esto no les sucede nunca. Y hay personas a las que les sucede muy a menudo.

La Biblia nos cuenta la historia de un muchacho a quien este tipo de cosas le ocurrían muy a menudo. Es una historia muy antigua y quizás algunos de vosotros ya os la sepáis.
La historia cuenta que un pastor llamado Jacob tenía un montón de hijos, pero uno de ellos, José, era su predilecto porque era el menor. Lo había tenido siendo ya muy mayor. Tanto lo quería que un día le regaló una túnica muy bonita, de muchos colores, mientras que a sus otros hermanos, no. Esto, naturalmente, enfureció mucho a los hermanos de José, y fue entonces, cuando José, que tenía entonces diecisiete años, tuvo su primer sueño. Tan extraño le resultó el sueño, que se lo contó a sus hermanos: Oíd, les dijo. He soñado que atábamos manojos de pienso en medio del campo, y he aquí que mientras mi manojo se erguía y se matenía derecho, los vuestros se inclinaban ante el mío. ¡Oh!, respondieron con enfado los hermanos. ¿Quieres decir con eso que reinarás sobre nosotros? Después de esto los hermanos aborrecieron a José mucho más que antes. Pero entonces José tuvo otro sueño y otro sueño más, y contó estos sueños a sus hermanos y esta vez también a su padre. José, le reprendió el padre, ¿qué clase de sueños son estos? ¿Crees de veras que vendremos tu madre y yo mismo y tus hermanos a postrarnos ante ti? Jacob quedó muy preocupado y al cabo de un tiempo le dijo: Vé, José, a apacentar ovejas junto a tus hermanos. Y José fue. Pero cuando llegó, justo en ese momento sus hermanos estaban tramando matarlo y al verle exclamaron: ¡He aquí al soñador! Matémosle y digamos a nuestro padre que fue devorado por una bestia. ¡No!, dijo Rubén, uno de los hermanos. No le matemos. Echémosle dentro de aquel pozo. No manchemos de sangre nuestras manos. De manera que en cuanto José llegó junto a ellos, obedeciendo todos a Rubén, le quitaron la túnica y lo arrojaron al pozo. Pero el pozo estaba vacío, no quedaba en él ni una gota de agua. Una vez hecho esto los hermanos de José se sentaron a comer y he aquí que en ese momento pasaba por allí una caravana de hombres con sus camellos cargados de mercancías que venderían en Egipto. Entonces, uno de los hermanos de José dijo: ¿Qué os parece si en lugar de encubrir la muerte de José lo vendemos a estos mercaderes? A todos les pareció bien. Sacaron a José del pozo, lo vistieron con su túnica y lo vendieron a los mercaderes por veinte monedas de plata. Pero luego, Rubén, que no sabía nada de esto, se acercó al pozo y al ver que José había desaparecido se rasgó las vestiduras, desesperado. ¿Qué diremos ahora a nuestro padre? No te preocupes, Rubén, le tranquilizaron sus hermanos. Teñiremos una túnica de las nuestras con la sangre de un cabrito y se la enseñaremos a nuestro padre. Nuestro padre creerá que es la túnica de José tras haber sido devorado por una bestia. Y así fue. Y Jacob se entristeció mucho y no quiso que nadie lo consolase.
Mientras tanto, José llegó a Egipto, y allí fue nuevamente vendido, esta vez a Putifar, oficial del Faraón, capitán de la guardia, quien al ver que todo lo que José tocaba prosperaba, lo hizo mayordomo de su casa. Mas la mujer de Putifar viendo todo el poder de José, hizo todo lo posible porque José tuviera que huir. Y José huyó de la casa de Putifar y la mujer de Putifar mintió a Putifar acerca de José que fue inmediatamente llevado a la cárcel. Una vez en la cárcel, José se ganó nuevamente la confianza del guardián que lo puso a cargo del resto de los presos entre los cuales había dos que habían servido al Faraón. Uno había sido jefe de los coperos y el otro jefe de los panaderos del Faraón. ¿Qué os pasa? Les preguntó José al ver que estaban muy apenados. Lo que pasa, dijeron, es que hemos tenido un sueño y nadie sabe interpretarlo.
Contadme vuestro sueño, les dijo José. Y éstos le contaron a José sus sueños y José los interpretó. Y lo que José interpretó se cumplió: al cabo de tres días, el copero y el panadero recuperaban sus puestos.
Mas dos años más tarde aconteció que el Faraón tuvo un sueño: estaba junto al río y aparecían siete vacas muy gordas y bien alimentadas, y tras ellas otras siete vacas, pero muy feas y flacas, que de tan hambrientas que estaban se devoraban a las siete vacas gordas. Se despertó de este sueño muy alterado el Faraón, tanto que hizo llamar a todos los magos y sabios de Egipto, pero ninguno supo darle una explicación. Entonces el jefe de los coperos se acercó al Faraón y le contó cómo José había interpretado su sueño y el del panadero. Al oír esto, el Faraón ordenó que trajesen inmediatamente a José. Me han dicho que tú sabes interpretar sueños, le dijo el Faraón a José. Mas José respondió, no soy yo, son los dioses quienes los interpretan. Y el Faraón contó a José su sueño y José replicó: las siete vacas gordas son siete años de abundancia. Las siete vacas flacas, siete años de hambruna. Y añadió: provéase el Faraón de un hombre prudente y sabio que gobierne sobre Egipto y de gobernadores para todo el país, y reparta las tierras de Egipto de tal manera que durante los siete años de abundancia guarden una buena parte del grano en todas las ciudades para cuando escasee la cosecha de manera que nadie pase hambre. Al oír tan sabios consejos, el Faraón puso a José a cargo del reino y nombró gobernadores para que se encargasen de repartir las tierras y almacenar el trigo en las ciudades de Egipto.
Y en efecto, al cabo de siete años venían gentes de todas partes a Egipto porque en todas partes había hambre, y solo en Egipto las ciudades tenían llenos su graneros gracias a José.
Y viendo Jacob que solo en Egipto había trigo mandó a sus hijos a que fueran a Egipto a comprar pan. Y cuando los hijos de Jacob llegaron a Egipto, se postraron ante José, y José los reconoció y, recordando los sueños que había tenido, les dijo: ¿De dónde venís? De Canaán venimos. ¿De Canáan? ¡Vosotros no sois más que espías! ¡No!, replicaron los hermanos de José sin darse cuenta de con quién hablaban. ¡Somos hombres honrados! Si sois honrados, dijo José, entonces traed ante mí al menor de vuestros hermanos. Si no lo hacéis, seréis condenados por espías. Y dicho esto, los metió en la cárcel tres días. Y al tercer día dijo: Uno de vosotros se quedará aquí en la cárcel. Los otros, iréis a casa de vuestro padre con pan para que se alimente. Y traed a vuestro hermano menor o todos moriréis. Entonces José ordenó que llenaran los sacos de sus hermanos con trigo pero echó dentro también el dinero con el que los hermanos le habían pagado.
Por el camino los hermanos de José pronto vieron que entre el trigo llevaban también el dinero y se asustaron, y en cuanto llegaron a Canaán, contaron lo sucedido a su padre que exclamó enfurecido: ¡No permitiré que os llevéis al pequeño! ¡Ya he perdido al menor y no quiero perder también a éste! Pero pasado un tiempo, el pan se acabó y Jacob no tuvo más remedio que enviar a sus hijos de nuevo a Egipto. Llevad al pequeño, llevad el dinero y obsequios para el gobernador. Y eso hicieron los hermanos de José, y nuevamente se postraron ante él. Mas José esta vez, ordenó que los llevaran a su casa a comer. Sorprendidos los hermanos vieron cómo llenaban sus platos.
A la mañana siguiente José les ordenó que regresaran a su casa. Y nuevamente llenó sus sacos con grano, mas en el saco del más pequeño metió también su copa de oro. No más se habían alejado de Egipto un tramo, a una orden de José, llegaron tras ellos unos guardas: ¿Por qué devolvéis mal por bien?, preguntaron los guardas. ¿Por qué os habéis llevado la copa de nuestro señor? Abrid vuestros sacos. Aquél que la haya cogido, volverá a Egipto con nosotros. Y como era en el saco del más pequeño que estaba la copa, los hermanos sollozaron espantados. ¿Qué le diremos a nuestro padre? Entonces decidieron volver a la ciudad para hablar con José quien al verlos, les dijo: Yo soy José, vuestro hermano. Pero no temáis. Fue por nuestro bien que he sido enviado a Egipto, para que no pasarais hambre. Y les preguntó: ¿Vive nuestro padre? ¿Está bien? Traed a nuestro padre y a nuestra madre y a vuestras familias, y todo vuestro ganado a Egipto.
Y viajó Jacob con su mujer y sus hijos y las mujeres e hijos de sus hijos, y todo su ganado. Y fue así como gracias a José toda su familia habitó en Egipto durante muchos años sin sufrir más penurias y se alimentaron bien.
Fin.

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