26 abril 2008

Manú y el pez (cuento)

Manú y el pez

Un cuento de Manuela González-Haba

Ilustración© Liliana Kancepolski

Manú era un sabio indio de esos que intentan arreglarlo todo no haciendo nada y esforzándose por no pensar, dos cosas bastante difíciles para un hombre. Era de esa gente entristecida por las desgracias que han visto a su alrededor y que hacen lo que pueden para olvidarse de todo. Pero como lo que se proponen para olvidarse de sus problemas es algo difícil, tienen que irse lejos de la gente, a una montaña, a la orilla de un río, a sitios donde nadie los distraiga de su tarea de dejar de pensar, repitiendo miles de veces la misma palabra, comiendo cada vez menos y cosas así… Se ponen hechos una lástima, se figuran cosas raras y hacen cosas extrañas que luego la gente que no comprende qué es todo eso, exagera… A veces, delante mismo de sus ojos pasa algo importante sin verlo, tal y como le ocurrió a Manú, que además de ser un sabio, era compasivo y una vez protegió a un pez.

Manú vivía solo a la orilla de un río grandísimo. Era tan ancho que apenas se veía la tierra de la otra orilla.
Pescaba de vez en cuando para comer, y un día pescó un pez muy pequeño y le dio lástima de tan pequeño que era. Ya iba a echarlo otra vez al agua, cuando pensó… “Este pobre pequeño ignorante seguro que se deja comer enseguida por un pez más grande que él… hay muchos peces grandes por el río, será mejor que lo ponga en un cuenco con un poco de agua, y cuando sea más grande, lo suelto”.
Lo echó en un cuenco de barro y le daba siempre agua nueva del río. Y el pez creció hasta que casi llenaba el cuenco. Entonces lo cambió a un cuenco más grande, y como el pez siguió creciendo, lo cambió otra vez y otra vez… Hasta que pensó un día: “Este pez es ya tan grande como otros muchos del río y sabrá defenderse. Además, si sigue creciendo así, no voy a tener cuenco en el que ponerle”.
Y Manú entró al río hasta donde fuera el agua bastante honda como para que el pez pudiera nadar, y le soltó. El pez dio unas cuantas vueltas alrededor de Manú, y luego se alejó.

La verdad es que el pez le distraía un poco a Manú en los trabajos de su especial sabiduría de no pensar en nada, así que cuando no tuvo que ocuparse del pez cerró más que nunca los ojos a todo lo que no fuera su especial sabiduría y no se dio cuenta de muchas cosas que empezaban a ocurir a su alrededor. No se fijó en la montaña que cualquiera podía ver mas allá del río, enormemente alta y con nieve siempre brillando al sol. Tampoco se dio cuenta de que el sol brillaba más fuerte y caliente cada día sobre la montaña cargada de nieve.
Como había ocurrido otras veces, con el calor, la nieve resbaló de la montaña y cayó al río, y era tanta, que por muy grande que fuera el río, no cabía en sus orillas; y el agua subió a la tierra y se extendió por todas partes, y llenó los caminos, las llanuras, la colinas, luego las casas… y toda la gente se fue espantada alejándose cada vez más de aquel río.

Pero Manú, dentro de su profunda sabiduría, no se daba cuenta de nada. Ni squiera se había dado cuenta de que la tierra al otro lado de la orilla, no se veía ya, que era todo niebla, un vago resplandor.
Sin embargo el pez sí había visto todo eso, y no olvidaba lo que había hecho por él Manú. El pez sabía cuándo había más o menos agua en el río, cómo se movían las plantas y los animales del río, veía las nubes y la niebla a través del cristal del río, y sabía dónde estaba Manú y que pronto no tendría tierra donde poner los pies.

Mientras tanto, Manú continuaba feliz sin darse cuenta de nada, pensando que había llegado a lo más alto de su sabidría. Tenía los ojos cerrados, pero cuando los abrió, se encontró con que el río sin fin avanzaba hacia él. Pero con el agua venía el pez que se acercó a Manú y le dijo, en un misterioso lenguaje que Manú, como era sabio, entendió muy bien: “Súbete encima de mí, que yo te llevaré a donde hay tierra que este río ya no tiene orillas.” Manú reconoció al pez, que había crecido tanto que cualquiera podía subírsele encima y brillaba tanto como siempre, y hacía círculos en el agua como cuando estaba en el cuenco.
Manú miró al cielo, miró la montaña y al río y apenas logró verlos. Todo poco a poco iba siendo agua, nubes negras y viento. El ruido de los torrentes que bajaban de la montaña sonaba cada vez más cerca. “Sube pronto, sube…”, le dijo el pez. “Tenemos que ir muy lejos.”
Manú se montó sobre el pez. Llegaron olas de barro, árboles y casas que traía y llevaba el agua. Pero un pez sabe esquivar todo eso y después de muchas horas avanzando en la tempestad de una noche negra, llegaron a una orilla donde estaba todo tranquilo y el agua era azul y limpia. El pez se acercó lo más que pudo a la tierra y Manú bajó. Miró con los ojos abiertos y había jardines, casas, gente. Se volvió para mirar al pez pero éste se había ido.
Manú sabía ahora que a cualquier orilla podría volver.

Fin


Sobre la autora
Manuela, además de ser mi amiga, y de gustarme los cuentos que escribe, es una mujer estupenda. Es de esas personas de las que nunca adivinamos la edad porque tienen la fórmula mágica para que no podamos hacerlo. Manuela conoce muchas fórmulas mágicas que no nos cuenta. Nadie diría por ejemplo que es Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense y que siguió estudiando en Alemania, en la Universidad de Munich y que sin saber ni una palabra de alemán se leyó toda la biblioteca e hizo otras cosas importantes. No. Tú la ves y dices: ¡esta señora tan moderna seguro que no hace nada! Y no es verdad. A Manuela le encanta leer, viajar y también ocuparse de las cosas de la casa. También tiene una hermosa casa de campo que le da mucho trabajo con jabalíes y cervatillos, repleta de flores y plantas y árboles frondosos. Podría contaros muchas cosas de Manuela.
Vive en Madrid, en una casa de cuento de hadas, muy cerquita de aquí.
Publicó un montón de libros. Y sigue escribiendo. Para niños y para grandes.
Os encantaría conocerla.

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