07 abril 2008

Cabezas y genes



Según la teoría evolucionista a la que dieron lugar los estudios de Charles Darwin tras sus viajes a tierras lejanas, todas las especies habríamos evolucionado a partir de un ancestro común. Todos los seres que habitamos la Tierra tendríamos un mismo origen. Parece difícil imaginarlo. Porque ¿en qué nos parecemos nosotros a un ciempiés? La respuesta es: en mucho. Después de Darwin se realizaron muchos estudios para conocer el origen de todas las especies y muy en particular el del hombre. Y a muchos les parece que debimos haber evolucionado a partir de los primates, es decir, de los monos, que a su vez habrían evolucionado de algún otro mamífero y así hasta acabar quizás en algún microorganismo. Esta idea horroriza a algunas personas y no están de acuerdo en absoluto. Por mucho que todas las especies realicemos las mismas funciones, respiramos, comemos, dormimos, nos movemos, nos reproducimos; por mucho que casi todas tengamos los mismos o parecidos miembros para hacer todas estas cosas, ojos, nariz, boca, pies, manos, o alas, sistema circulatorio, estómago, branquias o pulmones, a veces esqueleto, un sistema nervioso, para algunos la idea de que el hombre tenga algo que ver con los monos es ridícula e insoportable. El motivo seguramente es que nosotros hablamos, sentimos y pensamos de una manera muy particular, y que somos concientes de lo que nos rodea, de los otros seres, y de nuestros propios pensamientos, y que a lo largo de la historia hemos creado sociedades y civilizaciones cada vez más complejas, y hemos desarrollado para ello instrumentos cada vez más sofisticados y hemos aprendido a dominar en muchos aspectos, no en todos, nuestro medio ambiente, a una escala que ninguna otra especie lo ha hecho.
Personalmente yo creo en las teorías de Darwin, al menos por el momento. Al fin y al cabo lo que veo es que la materia de la que están hechas todas las cosas en el universo, es la misma, solo que se organiza de distintas maneras dando origen a cosas en apariencia muy diferentes. Y nuestro cerebro, que es el responsable de que pensemos y de que tengamos conciencia, no está hecho de nada que no exista en otra parte. Por otro lado me gusta pensar que estamos emparentados con todo lo que existe en nuestro planeta y más allá de nuestro planeta.
Los últimos estudios realizados han demostrado dos cosas que me han impactado: parece ser que el hecho de que nuestro cerebro se haya desarrollado más que el de las demás especies se debe a que hubo dos mutaciones. Cuando hablamos de mutaciones nos referimos a cambios en la información contenida en nuestras células y que es la que da instrucciones para que nuestro cuerpo sea como es. Una mutación determinó que el músculo que sujeta nuestro cráneo a la mandíbula se debilitara de manera tal que la mandíbula se hizo más pequeña y ya no nos servía para atacar y destrozar con la boca a una presa o a un adversario. Ese músculo así debilitado permitió a su vez que nuestro cráneo creciera y dentro de él, nuestro cerebro. Así nuestra cabeza es más grande que la de otros homínidos y primates. De ésto los investigadores se dieron cuenta estudiando las células de ese músculo. La segunda mutación la descubrieron estudiando a una familia cuyos miembros hablan muy mal. En esta familia hay un gen distinto al que portamos el resto de los seres humanos. Un gen es como una "partícula de información" en el interior de las células (concretamente, en el ADN de las células, que es el conjunto de genes que transporta la información que hace que seamos como somos). Ese gen también habría mutado en algún momento permitiéndonos hablar como lo hacemos.
Una vez que carecemos de la fuerza en la mandíbula para atacar a nuestras presas, y una vez que podemos hablar y comunicarnos entre nosotros, lo único que nos queda para defendernos de los más fuertes es ponernos a pensar. Ponernos a pensar en estrategias de defensa y ataque, cooperar entre nosotros, actuar conjuntamente compartiendo ideas y recursos, y protegiéndonos los unos a los otros.
Está demostrado que por naturaleza, desde que somos muy pequeños, damos señas de que queremos y de que nos gusta cooperar.


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