22 diciembre 2007

Las manzanas de Cézanne


Hubo una vez un pintor que vivía en el sur de Francia. Le encantaba observar cómo la luz y las sombras daban forma a todo lo que le rodeaba.
A veces pintaba las brillantes olas y las casas con techos anaranjados junto a la costa.
Le gustaba pintar retratos de sus amigos y también arreglos frutales y vegetales.
Un día la esposa del pintor trajo a casa una cesta de manzanas del mercado. Traía manzanas grandes y pequeñas, amarillas, rojas, y verdes, altas y bajas.
"Qué bonitos colores y formas", dijo el pintor. "Haré un cuadro".
"Qué buena idea", dijo la esposa. "En cuanto la pintura esté lista, haré una tarta de manzanas."
El pintor sonrió. Luego extendió un mantel blanco sobre una pequeña mesa de madera en su estudio. Dispuso algunas de las manzanas entre los pliegues del mantel y apiló otras cuantas formando pequeñas pirámides en grupos de tres y cuatro. Las manzanas parecían fluir como un río de color sobre la superficie.
Pero una esquina de la mesa quedaba aun vacía.
"Ahá", dijo el pintor mientras colocaba un jarrón con rosas del jardín. Ahora había capullos rosados junto a las manzanas.
"¡Ya!", dijo el pintor. "Estoy listo".
Pero todos estos preparativos le habían despertado el apetito. Las manzanas parecían tan carnosas y jugosas. "¡Quizás podría comerme aunque más no sea una sola", dijo.
"¡Mm!", dijo el pintor mientras daba un mordisco a la manzana. "Me encantan las manzanas frescas." Luego colocó un lienzo en el caballete y comenzó a dibujar. Lentamente el contorno de las figuras comenzó a llenar el espacio.
Tras varios días el boceto estaba acabado. El pintor mezcló los colores para su cuadro. Cogió un pincel y comenzó a pintar. Pero mientras pintaba su estómago comenzó a rugir. Había pasado un buen rato desde la hora del desayuno. Cogió entonces otra manzana.
"¡Mm!", dijo, mientras masticaba la fruta. "Me encanta esta crujiente manzana bien fría. ¡Quizás podría comer otra", dijo, y cogió otra más. "Mm", dijo. "Me encantan estas manzanas maduras y rojas."
Uno a uno los objetos en el lienzo cobraron color, resplandecientes formas. Parecían tan reales como los que había sobre la mesa.
Llevó un largo tiempo pintar todas las manzanas, las rosas, la mesa, el mantel. Pintar era un arduo trabajo. Tanto que al pintor le dio hambre.
A medida que pasaba el tiempo, de a poco se fue comiendo todas las manzanas de la mesilla.
Finalmente, cuando todos los colores y formas en el cuadro quedaron perfectas, el pintor apartó el pincel del lienzo.
"He acabado", declaró. Y enseñó la pintura a su esposa.
"Es preciosa", dijo ella. "Las manzanas tienen tan buen aspecto que se podrían comer."
Luego echó un vistazo a su alrededor. "¿Dónde están las manzanas que te di?, preguntó. El pintor agachó la cabeza. "Me las comí", confesó. "Ahora no habrá tarta."
"No te preocupes", dijo su mujer. "Compraré más manzanas."
Cuando su mujer se fue al mercado, el pintor colgó el lienzo en la pared. Luego puso las rosas en el centro de la mesa.
Esa noche tuvieron tarta de manzanas para el postre.
"¿Cuál será tu próximo cuadro?", preguntó su mujer mientras comían.
El pintor sonrió. "Pintaré un retrato de mi mujer que hizo una tarta de manzanas tan deliciosa."
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Fin.

(El retrato que Cézanne hizo de su mujer así como el cuadro de las manzanas, los veréis en el mismo álbum.)

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