24 diciembre 2007

Charlie y la fábrica de chocolate, y un poco de cariño



Éste es un film controvertido. No a todos les gustó... Ni a todos los niños, ni a todos los padres.
Yo, a pedido de mi hija, vi esta película dos veces en menos de un mes. Me gustó más la segunda vez.
Lo que menos me gustó (sobre gustos no hay nada escrito) es lo de los oompa lumpas (un poco largo, lento y rarito), y la sobreactuación en general de todos los actores, un poco de artificio, cierto "efectismo". Pero lo que me gustó, eso sí, fue la historia, y ya os diré qué exactamente de la historia. Me gustan en general las historias de Rohald Dahl, las que he leído, porque no me las he leído todas. He leído Boy, que es su autobiografía, y Agutrot, y Cuentos en verso para niños perversos. O sea que muy poquito.
De Charlie y la fábrica de chocolate, pues, he visto solo la película, así es que no sé si ajusta o no al libro, pero me imagino que en algo sí y en algo, no. Nunca es lo mismo leer el libro que verlo en película. Porque una cosa es cómo cada uno se imagina las cosas, y otra cómo se las imagina el director (Tim Burton, en este caso, que también hace otras cosas, aparte de películas; ya hablaremos de él en otra ocasión), que es quien lleva la historia al cine, y el guionista, que reescribe la historia en forma de diálogos, y luego, lo que hace cada actor, el vestuario, la música de fondo, la escenografía... Normalmente lo que vemos no tiene nada que ver con lo que nosotros, a partir del texto, nos imaginamos.

Pero como os decía, me gustó la historia. Y lo que más me gustó de la historia es cómo Willie Wonka, tras un largo periplo que dura toda la película, consigue resolver la mala relación que tenía con su padre, ese padre dentista, odontólogo, que nos parece tan amenazante y odioso. Es el mismo Charlie quien de alguna forma, consigue derretir al frío Willie, gracias a que él vive en una familia en la que lo primero es el cariño que se tienen los unos a los otros, a pesar de la pobreza y las penurias. Porque en esa casa desvencijada e incluso ridícula en la que se come solo repollo, caben hasta los abuelitos, metidos siempre hasta las orejas en sus camas, lo cual para mí es muy divertido. Creo que es el sueño de todo niño el tener siempre a mano a esos abuelitos, cada cual con sus manías y su carácter, su sabiduría y su ternura.
Luego están esos niños espantosos, todos ellos muy malcriados, y sus más que espantosos padres, que son, de alguna forma, quiérase o no, los más responsables de malcriarlos, y que compiten junto con Charlie el finalmente afortunado, por ser el elegido del loco fabricante de chocolates...
Creo que es verse reflejados en esos monstruitos (o en el propio fabricante...), lo que no le gusta a nadie. Si un niño o un padre tienen la mala suerte de verse reflejados en uno de esos niños o padres, en lugar de identificarse con Charlie, la película, y la historia, con razón, no les gusta. Para ellos, no tiene ninguna gracia ver cómo esos otros niños acaban convertidos en un chicle, o siendo arrojados a la basura... ¡Es que es feo feísimo! Cruel, yo diría... ¡Pero qué más remedio! Lo cierto es que lo más importante de todo, siempre, y en cualquier familia, es el cariño, y no hay que pensar que el autor del cuento quiere ofender a nadie, sino recordárnoslo. No sirve de nada ser el mejor en la escuela, ser un sabelotodo, o ser el mejor contorsionista o gimnasta en los juegos olímpicos, o el más rico y tener de todo y a todos a su servicio, sin necesidad siquiera de pedirlo, si no hay cariño. Hay que combinar todas esas cosas con una buena dosis de cariño para no acabar gelidificado y solo detrás de unos altos muros, como Willie...

Os cuelgo el cuento. Podéis descargarlo de aquí mismo (o comprar el libro que viene con las maravillosas ilustraciones de Quentin Blake).

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